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Suelta las baquetas y pinta

Suelta las baquetas y pinta, Kike Labién. Kandinsky

Albert Einstein dijo una vez:

“sería posible describir todo científicamente, pero no tendría sentido; carecería de significado el que usted describiera a la sinfonía de Beethoven como una variación de la presión de las ondas auditivas.”

“Describir una sinfonía”.

¿Cómo se describe la música?, ¿decir que un pasaje es “enérgico” es una descripción de la música? De hecho, vayamos más allá: si nos basamos en la idea de “la muerte del autor” de Barthes, ¿el acto de describir un pasaje musical como “enérgico” no formaría parte de la interpretación de una obra por parte del autor, el intérprete y el público?

Este tema siempre me ha traído de cabeza a la hora de dar clase, ¿qué me legitima para asegurar a un alumno que mi criterio interpretativo es más válido que el suyo? Está claro que hay fundamentos estéticos que argumentan una interpretación, que no todo vale y que sobre gustos sí que hay mucho escrito (otra cosa es que se lea o no), pero si uso esos fundamentos para transmitirle mi versión a ese alumno como la única correcta, ¿qué será de él cuando yo no esté?

Llegado a este punto, me propuse encontrar herramientas para que ellos mismos desarrollaran ese criterio estético de la manera más autónoma posible. Lo que viene siendo el “aprendizaje por descubrimiento” de toda la vida, pero con el reto de descubrir sobre las arenas movedizas que son las artes.

Para facilitar este proceso, decidí servirme de otras artes menos abstractas, evitando las lingüísticas. Y así llegué a las artes plásticas.

Estaba dando clase de marimba a un alumno de superior. Tenía preparada el “Doctor Gradus ad Parnassum” de Debussy, en concreto, para las pruebas de la JONDE. Pocas veces he visto tanta tensión en una interpretación. Cuando terminó, le di un estuche con colores y un par de folios, y le dije “toma, tienes 3 minutos para pintar la obra”. Cuando terminó, su pintura era bastante similar a lo que sería la onda resultante de grabar la obra, una mera descripción temporal de los volúmenes de la obra (lo que nuestro amigo Albert criticaba al comienzo del artículo).

“Tienes otros 3 minutos para pintar la obra, esta vez de verdad”.

Con una valentía admirable, se lanzó a ello y, esta vez usando muchos más colores, terminó por dibujar una escena detallada que le recordaba a la obra: un chico en una cama, con un paisaje tranquilo y muy relajante de fondo. Y aquí llegamos a uno de los trucos más viejos a la hora de interpretar: las historias.

Las historias son herramientas a las que recurrimos cuando no conseguimos concretar las palabras que describen nuestra interpretación, es decir, cada historia lleva implícitas unas emociones que nos permiten dar sentido a la obra sin tener que pensar demasiado. A no ser que la obra sea programática, no le preguntes a tu alumno “¿qué historia te cuenta esta obra?”, “¿qué te evoca?” o “¿a qué te recuerda?”, puesto que el verdadero reto será decidir qué emociones, mensajes o conceptos quiere transmitir, y no recurrir a historias que le den ese trabajo hecho.

Para evitar esta trampa, le pedí a mi alumno que extrajese de la escena que había pintado las emociones y, en general, concepto que representaba, para después transformarlo en acciones musicales. Si has pintado con colores oscuros, ¿cómo transformamos esto en la marimba?, si has prestado tanta atención a los detalles del paisaje de fondo creando dos planos visuales, ¿tendrá algo que ver con tu interpretación?

Y volvió a tocar.

Más lento, más tranquilo, más coherente y, lo más importante, disfrutando de la interpretación.

Cuando terminó, le pedí que me explicase qué había cambiado y su respuesta fue: “ahora es mi versión”. Según me explicó, antes estaba tocando más rápido porque era una prueba para la JONDE y creía que al jurado le gustaría más, lo cual le hacía estar intranquilo. No era su versión, era una imitación de la versión que (según él creía) le gustaría al jurado de la prueba.

He de confesaros algo: me he inventado cientos de ejercicios para resolver retos en clase. Algunos (muchos) han sido verdaderos fiascos (y algún día os los contaré también), pero creedme cuando os digo que este ha sido, con diferencia, el más revelador para mí. En esta ocasión me ahorré decenas de indicaciones metronómicas, dinámicas, estructurales, etc. sobre este Debussy.

Aunque suene a tópico, siempre debemos tener en mente que nuestro reto como docentes no es enseñar nuestra versión, sino educar alumnos que tengan herramientas para crear sus propias versiones, y que encima sean versiones coherentes, creativas y originales.

Así que, si queréis un pequeño ejercicio para empezar a retar a vuestros alumnos a hacerlo, pedidles que pinten sus interpretaciones. Yo lo hago a menudo y los resultados son curiosos, divertidos y un genial punto de partida para debatir con ellos (tanto con alumnos de superior como con niños de elemental).

Y luego, cuando nadie os mire y estéis estudiando en casa, ponedlo en práctica con vosotros mismos. Veréis qué risa.

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