Publicado el

¿Educamos músicos o educamos personas?

El pensador. ¿Educamos músicos o personas? Metodologías

Presupongo lo que esperas encontrar en esta sección del blog: briconsejos didácticos para ser el mejor profesor de percusión, metodologías innovadoras que te permitirán dar clases más divertidas y colaborativas, y alguna que otra crítica al sistema educativo tradicional. Pero, aunque reconozco que es tentador aventurarse con esos briconsejos, me temo que, dado que no soy docente en activo, lo evitaré. O al menos, como dijo el filósofo B. Simpson: “no prometo que lo intentaré, pero intentaré intentarlo”.

Y es que la innovación no solo se produce cuando se dan nuevas respuestas a preguntas ya existentes, sino también cuando se cambian las preguntas sobre las que asentamos nuestras convenciones.

Por ello, invierto bastante tiempo en asistir a eventos y congresos sobre educación, donde se habla de “los nuevos retos del siglo XXI”, el avance de la tecnología, las demandas laborales de competencias como el trabajo en equipo o la creatividad, o el anacronismo que se produce cuando mantenemos aulas que simulan las fábricas de la Revolución Industrial.

Si extrapolamos esto al mundo de la música y, en concreto de la percusión, escucharemos argumentos como que no todos los alumnos tocarán en orquestas, que no solo tienen que aprender música clásica, o que la gran mayoría no serán solistas internacionales. Incluso con un poco de suerte, oiremos hablar de la felicidad, las emociones y la autonomía de los alumnos.

Y aquí, es donde hoy echo el freno.

Imaginemos por un momento que, en lugar de pensar en un alumno de percusión, hablamos de un alumno de Economía. Imaginemos a un estudiante de 19 años que confía en que la felicidad reside en los bienes materiales, en el dinero (algo mucho más común de lo que, por desgracia, creemos). Imaginemos que además tiene talento para conseguirlo, que se esfuerza, trabaja y es autónomo. Imaginemos que, a los 30 años, ya ha conseguido su objetivo de ser un gran empresario feliz. Pero imaginemos también que ese joven sea lo diametralmente opuesto a lo que comúnmente conocemos como una “buena persona”. ¿Es productivo? Sí. ¿Es feliz? Por supuesto. ¿Es autónomo? A más no poder. ¿Es un éxito del sistema educativo?

Y ahora que hemos mirado en casa de otro, volvamos a nuestra aula de conservatorio. ¿Es un éxito educativo un gran solista internacional sin escrúpulos?, ¿lo es un futuro profesor de música carente de empatía?, y por tanto, ¿la misión del sistema es educar músicos o educar personas? De nuevo, supongo que hay cuórum, ¿verdad?

Pero ahora viene la pregunta trampa, el salto de la teoría a la praxis: en tu última clase de percusión, ¿qué estrategias seguiste para convertir a tu alumno en una mejor persona?, ¿son estrategias concretas como los ejercicios y obras que con tanta precisión mandas a tu alumno?, ¿evalúas esas competencias?, ¿simplemente las calificas?.

Por desgracia, creo que ninguno de los aquí presentes podemos asegurar con total honestidad que, tanto siendo estudiantes como siendo profesores, nuestras respuestas sean 100% positivas.

Los famosos “retos del siglo XXI” no son tecnológicos. O no solo. Llevamos 18 años de siglo XXI y se me ocurren cientos de ellos: desigualdad económica, diversidad cultural, problemas acarreados por la interconectividad, movimientos demográficos, urbanización, machismo, cambios en la espiritualidad de las sociedades, ética de los avances científicos…

¿Estamos enseñando a nuestros alumnos a poder afrontar esos retos? Y por favor, si la respuesta es “esa no es mi labor”, permíteme que insista: ¿y de quién es?. ¿Acaso no es el profesor de instrumento una de las principales referencias a seguir por un alumno?

Sea como sea, no sufras por la dificultad de estas preguntas. El reto de crear un sistema educativo que forme ciudadanos libres, éticos y que creen un mundo mejor, pese a sonar a Paulo Coelho, tiene muchos años. De hecho, ya se inventó una disciplina que, pese a no estar muy de moda, ya trabajaba por dar respuesta a estas preguntas: la Filosofía.

Schopenhauer ya se preocupaba por el sufrimiento relacionado con el deseo inherente al ser humano, mientras que Nietzsche ya cuestionaba los problemas que acarrean los cambios religiosos y espirituales en una sociedad. Hasta Aristóteles le dio tantas vueltas que acabó aludiendo a lo último que se pierde: “la esperanza es el sueño del hombre despierto”.

Hablemos de innovación educativa, sí, pero no innovemos en el “cómo educamos”, puesto que eso es fácil (busca en Google “metodologías activas”, “gamificación” y “trabajo por proyectos” y te ahorrarás muchos posts de mi sección), innovemos en el “para qué educamos”.

Y para empezar, hagamos un pequeño ejercicio de metacognición: antes y después de tu próxima clase de percusión, pregúntate “¿hoy qué hago, educo músicos o educo personas?”.

Publicado el

Todos necesitamos innovación. Hasta los músicos.

foto representativa de innovación

¿Diga?

Buenas, ¿Kike?

Sí, soy yo.

Verás, te llamo de la Escuela de Música de Villamayor de Abajo. Estamos interesados en que vengas a hacer una conferencia.

¡Genial! ¿De qué os interesa exactamente que hable?

Pues algo de innovación, de educación, inspiración…algo como lo de las charlas TED que haces, vaya.

Esta conversación se repite cada vez que alguien me propone colaborar en un proyecto musical. Y es que la innovación es atractiva. Nos imaginamos un grupo de creativos calvos, con gafas de pasta y jersey de cuello alto negro, en un edificio minimalista, haciendo brainstorming, después de un briefing, trabajando en el branding de la marca a través del design thinking.

Pero no, la innovación no siempre acaba en -ing. Y en concreto, en música, innovación tampoco es (o no solo es) hacer conciertos en los que se permita tuitear, ni clases de solfeo con iPads, ni crear una estrategia de marketing digital para tu carrera como músico clásico.

Y dicho esto, ¿qué es innovación?

Según la Fundación COTEC, referencia en innovación en España, se define como “todo cambio (no solo tecnológico) basado en conocimiento (no solo científico) que genera valor (no solo económico)”.

La innovación es una actitud permanente que, sea cual sea nuestro ámbito de actuación, debemos mantener ante un mundo de constante cambio. Y si hablamos de música, innovación es aquello que, en un futuro no muy lejano, nos permitirá resolver retos como la creciente media de edad del público en auditorios y teatros, la baja empleabilidad de las enseñanzas superiores de música, o la falta de formación del profesorado en los conservatorios y escuelas de música.

EL REALISMO COMO PUNTO DE PARTIDA PARA LA INNOVACIÓN

Aclarado esto, por fin los encargados de la Escuela de Música de Villamayor de Abajo sabrán algo mejor cómo puedo trabajar con ellos antes de que empiece la conferencia o el taller.

Dedico mi día a día a demostrar que todos podemos generar un cambio positivo en nuestro entorno, proponiendo soluciones viables y sostenibles que den respuesta a retos tan complejos como los antes mencionados. Cada mañana, cuando me levanto, me pregunto “¿cómo podemos crear una comunicación más cercana a las nuevas audiencias desde Clásica FM?”, o “¿cómo podemos empoderar a los jóvenes para que cambien su propia educación desde Reinventa tu Educación?”.

Pero, mientras que mis mañanas pueden parecer apasionantes trabajando en tan prometedoras preguntas, la magia se rompe cuando, para antes de almorzar, un par de personas ya me han dicho que eso es utópico, optimista o (mi preferida), que es labor de “los de arriba”.

Tendemos a asemejar la innovación social, educativa y juvenil con grandes soñadores que promulgan frases de Mr. Wonderful. ¡Y nada más lejos de la realidad! El primer paso para promover cualquier solución a un problema, es profundizar, entender y empatizar con las personas que lo sufren. Y es, precisamente, en la fase en la que actualmente se encuentra gran parte del sistema de la música clásica.

Idea innovación

LOS RETOS DE LA INNOVACIÓN MUSICAL

Tenemos que ser realistas para localizar las numerosas lagunas que, en los últimos años, han generado la inestabilidad de todo el entramado que compone la música clásica, así como aceptar retos que, pese a su incomodidad implícita, nos lleven a soluciones necesarias.

Necesitamos asumir que un sistema de educación musical especializada cuyos docentes no tienen, en la mayoría de casos, formación alguna sobre didáctica o pedagogía en general, es incoherente.

Necesitamos asumir  que un Grado Superior cuya principal carga lectiva se basa en repertorio orquestal y solista, es sinónimo de unas expectativas que gran parte del alumnado no logrará cumplir.

Necesitamos asumir que música es arte y, por tanto, emociones, creatividad, innovación, sociedad, cultura, lo que implica que cada profesor que pisa un conservatorio, debería estar preparado para inculcar esas herramientas en sus alumnos.

Necesitamos asumir que un sistema de educación general, que poco a poco demuestra los beneficios de romper con las asignaturas y apostar por el aprendizaje por proyectos, la inteligencia emocional y el aprendizaje internivelar, está a años luz de un sistema de educación musical en el que, en lugar de aprovechar tres profesores de percusión para un alumno de Grado Superior, los encajona en asignaturas tan anticuadas como “Repertorio Orquestal”, “Láminas” y “Parches”.

Necesitamos asumir, por otro lado, que una radio de música clásica pública con un discurso y estilo conservador, no tiene nada que hacer con una generación que, cada noche, puede elegir en Netflix lo que quiere ver, cuándo lo quiere ver y cómo lo quiere ver.

Pero sobre todo y ante todo, necesitamos asumir que esto, ni de lejos, es tarea de “los de arriba”. Estos retos son sistémicos y, como tal, necesitan del trabajo de todos y cada uno de los implicados. De un alumnado que se comprometa como agente activo en la transformación educativa, de un profesorado de conservatorio que reconozca la necesidad (generalizando y salvo contadas excepciones) de formación continua, de unos medios de comunicación que, sin banalizar el contenido, redirijan su discurso hacia lo juvenil, lo participativo y lo cercano, y, por supuesto, de unos políticos que revaloricen la educación musical y, en general, el arte.

Y finalmente, cuando descubramos la cantidad de retos por cumplir que se nos plantean, y lo apasionante que puede ser lograrlo, entenderemos a lo que nos dedicamos los que trabajamos en innovación social.

Pero no te preocupes, como dice mi admirado pianista Mario Mora, “queda mucho por hacer, pero se está haciendo”. Hay cientos de ejemplos de personas que se han lanzado a innovar y a dar respuesta a estos retos. Sin embargo, como este blog acaba de nacer, ya hablaremos de eso más adelante.